Nuevos Conquistadores

mayo 29, 2014 • Noche • Views: 2523

Sólo eramos cuatro. Una pareja con su hijo de dos años y yo. Tiendas de campaña en el bolso; limpias, seguras y sin almohadas adentro. Habíamos llegado tarde pero no había nadie ahí. Ya estaba oscuro. Los árboles, viejos y altos, tapaban la luz de la luna que se asomaba tímidamente entre nubes y una leve llovizna.

–          “¿Qué hacemos?”, me preguntó Ricardo. Su hijo Rodrigo observaba sus alrededores con curiosidad, quería correr pero Layly no lo iba a soltar en este lugar.

No sabía que hacer y tampoco podía responder. Las dudas empezaron a regresar, ¡por qué se me había ocurrido hacer esto!

Volví a ver a Rodrigo, en sus ojos no había duda, sólo asombro. Me asomé al bolso y alcancé un foco, de esos que uno se puede ajustar a la cabeza y que al tocar un botón cambian de color y parpadean. Inmediatamente tuve la atención de Lucas y al ver su expresión le pasé la luz. O a lo mejor él me la pasó a mi.

–          “Creo que debemos dar un poco más de tiempo, ahorita deben venir otros”, le respondí a Ricardo.

Y así fue como empezó la aventura; Rodri explorando sus alrededores con el foco. Nunca muy largo de su madre que lo seguía por cuanto árbol iba a explorar. Algunas personas pasaban por donde estábamos esperando. Nos veían un poco perplejos con tanto bulto y chunche pero pasaban sin decir nada. Los minutos de espera se hacen eternos si nos toma el miedo y pensé que era mejor hacer algo.

–          “Mejor montemos las tiendas mae”, le dije a Ricardo.

–          “¿Seguro? ¿No es mejorar que esperemos? Está oscuro y no me gustaría quedarme aquí si somos solo nosotros”.

Tenía razón. La zona y a esas horas no era la más segura para una pareja con un niño. La ansiedad se acumulaba pero la esperanza de que más aventureros llegaran a acampar con nosotros seguía viva. ¿Cómo se iban a perder esta oportunidad?

–          “Sí”, le contesté con seguridad. “Ahorita deben de venir otros, pero si no ven las tiendas de campaña puestas se van a desanimar. Montemos y cualquier cosa si no han venido en 30 minutos nos vamos”.

Ya la aventura había iniciado pero tener un campamento con dos tiendas de campaña y un pequeño explorador rondando con su foco sobre la cabeza, lo confirmaban.

Cuando estábamos a punto de cerrar el chinamo, llegó Christian. Un viejo amigo, vecino de la zona. Su casa estaba a pocos kilómetros de ahí y traía en sus manos equipo para montar un campamento digno de fábulas, incluido una pequeña parrilla, carbón, comida, una hamaca, varias tiendas, sillas, alfombra, guitarra, focos…estaba preparado.

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Era una noche tranquila, la llovizna inicial había pasado y después de Christian, más viajantes se acercaron. Algunos escépticos querían saber si de verdad nos íbamos a queda a dormir ahí: “¿Cual es el plan?”, preguntaban.

A lo que respondí  tranquilamente, – “El plan es el mismo, el único que hemos hecho, aquí nos quedamos toda la noche”.

Así se llenó el parque, más de 15 tiendas de campaña que fuimos acomodando para crear una pequeña comunidad temporal. La música no se hizo esperar y cual flauta mágica, los sonidos de voces cantando, las guitarras armonizando y la percusión animando; los aventureros estábamos juntos disfrutando. Todas las dudas se habían disipado, la idea había tomado vida propia y la ciudad hospedaba nuevos conquistadores. El Parque España era nuestro por una noche y nuestra colonia se convirtió en zona de paso de los más intrépidos aventureros que habíamos conquistado el miedo de dormir en la ciudad.

 

*Basado en una historia real.

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