Viviendo la historia

julio 1, 2014 • Destacados • Views: 170

El aire era denso. Apenas se podía respirar, todos estábamos cansados, las gargantas estaban agrietadas. 120 minutos, son demasiados para corazones que no acostumbran a tener este tipo de emociones, para ser exactos, una sola vez antes y hace la friolera de 24 años que este país había vivido algo parecido, la tensión cortaba el sudor frío, el miedo palpitaba a nuestro lado.

En mi retina, aún están frescos los recuerdos que viví no hace tanto (4 años), cuando la selección de mi país se ganaba en Sudáfrica el derecho a llorar de felicidad, de que 47 millones de almas tocaran el cielo al mismo tiempo.

Pero esto era diferente, un pequeño país del Centro de América, que no hace ni 15 días, ni podía atreverse a soñar a escondidas, estaba a punto de hacer historia. Hace 15 días, Costa Rica era para el mundo un país lejano, de gentes amables, con imágenes de playas, palmeras y ranitas verdes.

Pero hoy no, hoy el mundo estaba conociendo el orgullo, de este pequeño país que estaba a un suspiro de convertirse, por derecho propio en una potencia mundial, dentro de un contexto (el fútbol) que es el dueño de las emociones de todo el planeta estos días. Y ahí estaba yo, con el corazón en la garganta, siendo “un tico más”, sintiendo de primera mano el peso de una historia (muy diferente a la mía), y que como todos las historias, definen a sus gentes.

Costa Rica pueblo de contradicciones pero siempre orgulloso, que llevan la tierra en su ADN, que se saben pequeños, pero que no se amedrentan ante nadie, que aman su país, en las buenas y siempre en las malas (que es cuando más se demuestran los verdaderos amores) estaban a punto de decir al mundo (y que el mundo les escuchara) “Gracias a Dios por hacerme tico”.

Y llegó el gol del quinto penal. Por un segundo el país enmudecía, para estallar en un solo grito de casi 5 millones de gargantas. Un grito de incredulidad, primero, la incredulidad de la humildad de un pueblo que a fuerza de no ser escuchado, se acostumbro a no creer demasiado en lo que ocurre fuera de sus fronteras, un grito que fue mutando con el paso de los minutos en un volcán de orgullo, que quemaba en la garganta, en un encendido grito de guerra… ¡Aquí estamos!, ¡Si somos ticos!, ¡Si estamos aquí!, Eran una de las 8 elegidas del Olimpo del Dios fútbol que tanto poder atesora.

El mensaje estaba claro. Mirar mundo, lo mucho y bueno que aquí siempre hubo. No somos ricos, no somos grandes, no somos poderosos, pero con trabajo, con confianza, con amor y orgullo los sueños más remotos son posibles … nadie puede ser más feliz, ya nadie puede quitarnos el cielo que hemos “robado” hoy.

La locura colectiva era inevitable. Miraras dónde miraras todo era emoción, todo era alegría, San José, todo tiquicia era invadida por su pueblo, las calles se confundían con las carreteras, todo era gente saltando, llorando… podías ver gente con banderas, niños gritando sin saber porqué todos se habían vuelto niños de repente, las ventanas de las casas encendidas de rojo y azúl con los vecinos en los balcones, nadie quiere perderse un capítulo de la historia que contarán a sus nietos.

A mi lado una señora mayor está mirando al cielo (seguramente buscando alguien querido entre las nubes), llorando y compartiendo el pecado de ser totalmente feliz. Bocinas de carros, gente abrazada, trompetas del olimpo que anunciaban la entrada por la puerta grande de 11 gladiadores, que colaron a la fiesta a estos casi 5 millones de almas que no quieren despertar de este dulce sueño.

Y caigo en la cuenta de que yo también estoy saltando, abrazado a alguien que 5 minutos antes no conocía, rota la garganta, gritando el Oeee oeeee ticoooo ticooooo…pensando en lo afortunado que soy de poder vivirlo en primera persona.

El sábado toca jugar esos cuartos de final del mundial en Brasil. Pero esa será ya otra historia para vivir y contar.

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