La noche de “La Morsa”

julio 1, 2014 • Destacados • Views: 208

I told you about the walrus and me-man You know that we’re as close as can be-man. Well here’s another clue for you all, The walrus was Paul. John Lennon: The glass onion

I

Llevábamos toda la vida esperando ver a un Beatle, esperando ser el coro de esa música que significa la banda sonora de nuestras vidas… Bueno, no es correcto hablar por la gente que no conozco, ni siquiera por las miles de personas que acudieron al llamado de La Morsa. Hablo entonces por mí: nací en 1963, año del primer LP de The Beatles. Aprendí desde la más remota infancia a amar esa música, me aprendí las letras antes de comprenderlas y, llegada la adolescencia, puedo decir sin faltar a la verdad que los Beatles me salvaron la vida en más de una ocasión en que la idea del suicidio me acompañó con perruna fidelidad entre el hastío del insomnio y la frustración de tener que asistir puntual cada mañana a desperdiciar miserablemente la temprana juventud a colegios de los que me expulsaban inexorablemente y en los que no aprendí nada. Valía la pena seguir viviendo para escuchar uno tras otro de los elepés que mi madre y mi abuela nos compraban o que conseguíamos de cualquier manera y que nos hacían jodidamente felices a mí, a mis dos hermanas, y a los amigos que no se perdían esas tardes de aguaceros y… Can you hear me, that when it rains and shines (When it rains and shines) It’s just a state of mind? (When it rains and shines) Can you hear me, can you hear me?

Sé que comparto esta vivencia con miles de personas en mi país y en casi todo el mundo, pero sé que otras tantas o no la experimentaron, o por la razón que sea, no la comparten. He soportado impávido también muchas doctas discusiones sobre teoría de la comunicación, entretenimiento de masas y varias toneladas de etcéteras, que no lograron moverme jamás ni un milímetro de esa fascinación infantil que me posee cuando decido que es el momento de escuchar uno de sus discos, o cuando sin previa advertencia, en un bar una de sus canciones me pone los pelos de punta. Nunca ha faltado quién me critique por eso, pero por fortuna a los Beatles no hay que defenderlos… no es necesario y al final, y ante claras evidencias, son sus detractores quienes quedan siempre como idiotas. Life is very short, and there’s no time for fussing and fighting, my friend. Y bueno… ocurrió lo de John… y George unos años después, y el sueño del reencuentro del cuarteto sólo se llevó a cabo cuando lo permitió la tecnología, y la hermosa canción es amarga también. Free, as a bird It’s the next best thing to me Free as a bird…

II

La noche del primero de mayo de 2014, y como lo dijo Paul: “¡En Costa Rica, por fin!” Un Beatle visitó nuestra casa, nos saludó, nos habló en nuestro idioma y a pocos minutos de comenzado el concierto de nuestras vidas, un abejón de mayo voló hasta el piano donde se acababa de sentar el joven de 71 años y se posó en su dedo. Un abejón, un beetle, un beatle… uno de los nuestros que voló a besarle las manos al maestro. Paul lo miró y con la dulzura de un hombre que ha hecho felices a millones de personas por décadas, lo invitó a volar y le dio las gracias para despedirlo. El concierto fue extraordinario… yo no sé qué fue lo que ocurrió… creo que la objetividad es un mito. Pero en mis vísceras lo que ocurrió fue el milagro de ser por tres horas el niño que se escapaba del colegio para escuchar a los Beatles, y eso es innegociable. “¡Que me perdonen por esa noche los muertos de mi felicidad!”, y si no, ¡que se jodan! ¡Un hombre cálido, con una energía inagotable y una banda de todo el carajo! Y por qué no decirlo, si lo dijo él y en español: con “un público increíble”.Con las canciones me pasaba mi vida entera por el corazón (que es lo que significa literalmente recordar). Algunas las cantábamos, otras las brincábamos… “You know you twist so fine. (twist so fine)”. Las más, las lloramos sin pudor ni disimulo. Cuando cantó Live and let die, se hizo acompañar por explosiones, fuego de verdad en el escenario y fuegos de artificio en el cielo (con diamantes, por supuesto): When you were young And your heart was an open book You used to say live and let live You know you did You know you did You know you did But if this ever changin’ world In which we live in Makes you give in and cry Say live and let die Live and let die(…)

Teníamos a un Beatle a unos cuantos metros cantando para nosotros como lo ha hecho siempre, con la energía de siempre y su virtuosismo fuera de toda discusión. Tocó su bajo de beatle, la guitarra con la que grabó en los años sesenta, tocó la guitarra acústica, el piano, y tocó el ukelele en honor al gran George Harrison, su hermano. A John, su otro hermano le dedicó una canción hermosa. Tocó y cantó generosamente. ¡No sé cuánto gana por cada concierto, ni me importa un bledo, aunque espero que sea mucho! Cantó Blackbird: Blackbird fly, blackbird fly Into the light of the dark black night (…) Y una plataforma lo elevó varios metros en un vuelo de deus ex maquina en la luz de la noche negra. Terminó con la canción que cierra la obra de The Beatles: “Y al final, el amor que tomas es igual al amor que das”. ¿Ocurrió en verdad todo esto?, ¡Yo qué sé!, yo lo viví… La objetividad es problema de otras disciplinas, no de indisciplinados. Vivimos un sueño, y la banda sonora era de Paul McCartney.

Fernando Contreras Castro. Beatlemaníaco irredento. Al segundo día del mes de mayo del año cincuenta y uno después de The Beatles.

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