Flores de tafetán en mi Avenida Central

julio 18, 2014 • Destacados, Opinión • Views: 427681

Así es el amor ¿no?

Inicia despacio y desapercibido, de repente se comienza a sentir, y cuando uno menos se lo espera ahí está instalado en el corazón. Así inició mi relación con San José entre telas, pasamanerías y condimentos.

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Fotógrafo: Mauricio Quiros

Recuerdo mis primeras visitas a San José, ser una niña, caminar con mi abuela, saber que las horas se hacían eternas y que entre pasamanería y pasamanería eventualmente vendría la hamburguesa de Hardees.

Vemos a mi tía abuela enfrente de la Gloria, entremos a vinear dice mi abuela, directamente al pasillo de la ropa de mujer, siempre evitando el pasillo de la lencería o el piso de la zapatería. Entre que bonita está esta y que bonito está aquello vamos saliendo hacia Regis, siempre hay tela que comprar. Mientras ellas hablan de seda y lino, yo voy por allá sumergiendome en cuadros, rayas, puntos y lisos.Hay telas que raspan otras que acogen, y ahí está mi abuela comprando tafetán.

Mi San José de los noventas es una enorme pasamanería. Hay una nueva tienda dice mi abuela, vamos a ver pulseras, aretes y otras cosas que serán un éxito para «vender», me compran algo, probablemente postales para mi álbum, ellas compran algo, probablemente con miras a un negocio, que nunca será. Y de repente el momento más esperado, caminar por la Avenida Central, no se suelte por que se pierde, ese mar de gente, sentir como todos van a pasos diferentes, mirar el San José con ojos de niña no es tan distinto a verlo hoy con mis ojos de adulta.

Vayamos a la Universal dice alguna de las dos, y yo asiento, con una emoción indescriptible en el corazón. Una mirada rápida a las cosas del hogar y después una zambullida intemporal en la sección de juguetes, pasar del rosado al azul, del lego a la barbie, y simplemente sentarse a jugar. Vamonos ya, ¿no tiene hambre? y  el momento más esperado: Hardees. Para algunos de nosotros eso siempre será lo que había en la esquina del nuevo Wendys Avenida Central.

Tres de la tarde y un local despejado. Pedirse una hamburguesa de mano de piedra, un rollo de canela y una coca cola para descansar. Sacar las compras en el local. Comentar lo barato que se encontró aquello, y lo caro que está aquello otro. Jugar con la silla que gira sobre su eje, mientras uno cuenta las papas que está por devorar. La abuela y la tía siguen hablando de las telas, de las pulseras, de las flores de tafetán.

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Fotógrafo: Mauricio Quiros

Esas flores de tafetán son casi un eje de mi infancia, cuidar las cajas con las flores, no moverlas que se desacomodan, que no se mojen por que se dañan, que las cajas no se vuelquen por que las flores se van a ver feas, que después de entregarlas comienza el paseo por San José. Chic de París, jugar con las cintas de colores, acomodarlas, contrastar brillos, ver troqueles nuevos, esperar. Se quedan las flores, nos vamos nosotras y ahora sí, a pasear.

Ahora ya almorzadas y con una tarde que amenaza con llegar a su fin, una última parada, La Españolita. Tomar ficha y esperar, ¿Que vas a comprar? pregunta mi tía abuela, Papel crepe contesta mi abuela. Y ahí estoy yo jugando con mi nuevo juguete, sintiendo el peso de San José en mis piernas y una fascinación inexplicable en mi corazón. Lista, me preguntan quince minutos después, cuando el barandal de las gradas ya se ha convertido en un tobogán, cuando las sillas parecen más una cama.

Solo falta una parada dice alguna, el Mercado Central. Un laberinto de misterios y sentidos, de frutas y condimentos, de tortillas y girasoles.Un helado de Lolo Mora. Comprar nuez moscada y muy de vez en cuando bomba. Los olores y los colores hipnotizan. Pasar frente a las pescaderías, detenerse en alguna carnicería, ver los quesos, y de pronto ver el Cristo en el medio del desorden. Pasar a comprar cases o tal vez hojas de platano. Y de repente un ya nos debemos ir, se hace tarde, se nos fue el día.

Otro encuentro con la Avenida Central, esta vez está teñida de naranja como todo atardecer, y la gente ya no corre la gente camina. Trato de consumir recuerdos con la mirada, de robarme todos los colores, olores, texturas, sabores y sentimientos que pueda absorver. Ahí van las adultas en su San José y ahí va la niña en otra ciudad.

Los troqueles funcionan muy fácilmente, se calientan, se colocan y crean marcas en la tela, justo así funcionó mi San José. Sus calles, avenidas, olores, colores, sonidos y su gente fueron haciendo marca en mi subjetividad. Y cada vez que yo camine por esta ciudad nunca olvidaré como se hacen las flores de tafetán en la avenida central.

Fotógrafo: Mauricio Quiros

Dedicado a mi abuela por el amor incondicional, las guerras de mangos y las tardes en chepe

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