Entre café, comida, frío y Otoya…

mayo 23, 2014 • Gastronomía / San Jose Eats • Views: 2283

No sabía que esperar, acepté la invitación, confirmé mi asistencia y me alisté para emprender un paseo de noche por San José. Antes no me hubiera pasado jamás por la mente caminar a las 7:00pm por el centro. Se me llenaba la cabeza de emociones horroríficas con tal de evitar caminar de noche por San José, pero la idea de ir en grupo, con gente confiable me hizo relajar mis inquietudes y disfrutar lo que estaba por venir. Después de salir de la oficina, empecé a marcar mis pasos sobre la calle. La ruta inició con un recuento histórico relatado por el guía Jose Pablo en el Parque España donde se pudo conocer un poco sobre la antigua Fábrica Nacional de Aguardientes.

Mis pies hicieron su primera parada en el Café del Barista y lo primero que atrajo fueron los aromas que salían de esa cafetería. El cálido lugar cayó apenas para el frío que estaba haciendo afuera. Un cafecito era la opción perfecta para empezar el Gastronocturbano, justo con lo ventosa que estaba la noche. Rápidamente la gente se apoderó del espacio y con entusiasmo miraban todo lo que decoraba el lugar, ansiosos de oir la voz del barista explicando todo lo relacionado al café gourmet. Sus palabras pasaron por el megáfono y la instrucción sobre el café y su preparación empezó a ser escuchada por nuestros oídos. Entre conversaciones, risas, expectativas y demás, llegó el café espresso listo para ser pasado por boca.

Al llegar a la segunda localidad, me hipnotizó el jardín externo, lleno de especies. Me encontré oliendo cada una de las hojas y a la vez imaginándome lo perfectas que podrían saber en mis platos de comida. El chef nos recibe, nos habla sobre la tenebrosa historia del lugar, nos encontrábamos en la Academia y Hotel Gastronómico “Chateau”, vigente desde el año 1536. Luego nos permitieron ingresar y justo en la terraza nos esperaban los platillos riquísimos. Les puedo decir cuánto hipnotizaba el interior del lugar con solo mencionarles lo que costó que la gente quisiera dejar el lugar. Sus ventiladores, sus alfombras, sus lámparas, sus espejos, puertas, en fin. Salimos del lugar sintiendo el frío y viendo a las plantas despedirse con el movimiento del viento.

Siguieron mis pasos al ritmo del compás dándose a conocer por Otoya, pasando por detrás de la Casa Amarilla, echándole un vistazo al pedazo de muro de Berlín y llegando a Otoya 1155. Por fuera no parecía mayor cosa pero por dentro mi cambio de actitud fue casi notable al entrar. Un lugar hermoso por dentro, jamás imaginé lo acogedor que sería y moderno a la vez. Los cuadros en las paredes, las flores, el mobiliario, las frases escritas, y la lámpara del baño que me enamoró. Finalmente nos obsequiaron vino tinto, pan italiano y helado de fresa. Al salir, algo en la esquina captó mi vista por completo. La casa en la que muchas deseamos construir una vida, como con las que soñé muchas veces. Pasando por mi cámara, para recordarla si en algún momento se me olvida, quise captar su belleza. Y así finalizamos nuestro recorrido, volviendo al lugar de inicio, Parque España.

Una de las mejores noches, gente amena, comida exquisita, lugares hermosos, fotografías únicas y vivencia de lujo. Sin duda alguna, una experiencia para recordar, contar y recomendar a todo ser humano. Volver a nacer y repetirlo.

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